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Con Blockchain el comercio justo está al alcance de los músicos

En 2015, Imogen Heap debutó con Tiny Human —una balada dedicada a su hija recién nacida— en Ujo Music, un site donde la canción se puede comprar todavía hoy. Lo peculiar de ese espacio online es que el dinero que pagan los usuarios por cada canción se destina directamente a los productores, compositores, escritores e ingenieros involucrados en su producción sin pasar por ninguna compañía discográfica. Además, el pago en Ujo Music se realiza con una moneda virtual, el ether. Como la popular bitcoin, el ether es una de las más de 700 monedas que permiten realizar transacciones online gracias a la tecnología con la que se crean: la Blockchain o cadena de bloques. Y son monedas que se pueden canjear por dinero en el mundo real.

Desde la aparición de Internet, el sistema de propiedad intelectual en la música, y en otros contenidos, se transformó. Y no por la piratería, no. El problema radica en una industria musical conformada por intermediarios ineficientes, grandes empresas que si bien ganan mucho dinero, aportan poco valor a la cadena de distribución. Hace unos 25 años, cuando un compositor escribía una canción que triunfaba —un superventas—, y vendía millones de copias (en vinilos pequeños o singles, o en formato LP o longplay), obtenía decenas de miles de dólares por derechos de autor. Hoy día, el compositor de una canción que se reproduce millones de veces online, no gana esa cantidad de dinero ni de lejos. Vaya, que los músicos reciben migajas al final de la cadena de distribución de su música.

En el caso de los servicios de streaming, como Spotify, el problema es el mismo. Siguen siendo meros intermediarios de las grandes corporaciones que controlan la industria musical. Sin embargo, con una base de datos descentralizada como es Blockchain, el artista tiene el poder sobre su obra desde que la lanza en Internet y puede controlar su comercialización. De ahí que compositores como la británica Imogen Heap, ganadora de un Grammy, quieran utilizar Blockchain para eludir intermediarios como Spotify, iTunes o Google Play Music, y construir una nueva industria musical basada en el comercio justo. Con este propósito, ha creado una plataforma de streaming llamada Mycelia basada en Blockchain.

La música se convierte así en un negocio real para artistas como ella. Porque en esa plataforma de Blockchain se publicitan, protegen sus derechos de autor y, como la canción tiene un sistema de pago similar a una cuenta corriente bancaria, todo el dinero vuelve al artista. Para entendernos: los compositores se proponen controlar ellos mismos el negocio de la industria musical, en lugar de estar en mano de poderosos intermediarios. Escuchar una canción puede costar unos céntimos de euro que van a una cuenta corriente digital. En el caso de que un cineasta quisiera utilizar una de esas canciones, el precio sería lógicamente superior, como ocurriría si se pretendiese utilizar un tema como tono de llamada en los smartphones. En una plataforma de Blockchain diseñada para esta innovadora industria musical, las transacciones están vinculadas a un contrato inteligente que protege los derechos de propiedad intelectual del músico, dado que es el propio protocolo de actuación de la cadena el que verifica y hace cumplir el contrato a ambas partes —el músico y el usuario que compra o escucha sus canciones—, sin necesidad de que tal contrato sea firmado.

¿Cómo funciona Blockchain?

Imagina que creamos un archivo añadiendo una línea debajo de otra para registrar aportaciones de dinero en euros, un archivo donde no se debe cambiar ninguna línea previa, como en una hoja de cálculo para llevar la contabilidad de una empresa. Pues bien, esta hoja de cálculo en Blockchain se convierte en una red de registros contables compartidos, con la particularidad de que al cambiar en ella un dato, ese cambio se envía inmediatamente a todos los miembros (o nodos) de la cadena, quienes cuentan con un permiso previo y una identidad digital única para formar parte de ella. Los miembros podrán ver el cambio que se ha realizado en la hoja y compararla con su antigua copia local, para verificar si es válido. De esta forma, los datos son inmutables. Por ejemplo, si alguien comenzó apuntando 100 euros, no podrá jamás cambiar su archivo local para decir que apuntó 1.000. Si lo hiciese, cuando el cambio se envíe a todos los miembros de la red ninguno de sus miembros le dará validez, porque no coincide con la copia local que cada uno tiene registrada. Esto implicará que ese nodo fraudulento mantenga una copia inválida del archivo y, como consecuencia, no se replicará a través de la red. Por tanto, dentro de una cadena de bloques o Blockchain, la información —en nuestro caso, los apuntes contables de dinero— queda reflejada en registros que son inalterables, algo que está garantizado mediante criptografía. Y la información se replica en todos los participantes de la red gracias a un protocolo de comunicación estándar accesible a todos, lo que elimina la necesidad de acuses de recibo o justificantes de recepción.

Es como si creáramos un grupo en WhatsApp para comprar un regalo a un profesor mediante colecta. Imagina que el pelota, Borja, propone aportar el doble de dinero que los demás. De pronto, cuando él comprueba que el regalo es caro, decide no realizar esa aportación y borra su generoso mensaje del chat. Por fin reunidos, Borja niega que él escribiese un mensaje y muestra su móvil como prueba irrefutable. Obviamente, el resto del grupo (nodos de la red), que controlan todo lo que se dice en el chat, rechazarán la conversación modificada que Borja pretendía que fuese la válida. Pues bien, tal y como se valida una información que se ha suprimido en WhatsApp, en Blockchain se puede validar la inserción de un dato donde antes no lo había, así como cualquier modificación en un registro. Y esto es así en la cadena de bloques, sin necesidad de un intermediario o pieza central que dicte un veredicto sobre si algo es válido o no.

Por tanto, en Blockchain las transacciones no son peer-to-peer (entre dos miembros de la cadena), están a la vista de todos sus miembros; podemos trazar todo el recorrido de la transacción desde la creación de la cadena. Además, en lugar de existir un intermediario, hay un gran intermediario descentralizado conformado por todos los miembros de Blockchain; el poder no está centrado en una sola parte, sino distribuido entre muchas partes. Para conocer el impacto de la aplicación de Blockchain en las industrias culturales y creativas, le propongo a Borja que lea Blockchain Media, ¡si no quiere quedar como pelota y, además, como listillo!




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